
Unas tijeras de podar cortan una rosa roja con violencia. Los pétalos caen al suelo
como gotas de sangre. El jardinero Mateo está de rodillas, sudando bajo un sol
abrasador. Valeria que es su jefa camina a su alrededor, el tacón de sus zapatos se
hunde en la tierra húmeda, rozando peligrosamente los dedos de Mateo.
Valeria con voz hostil le dice a Mateo — Es mediocre, Mateo. Como todo lo que haces.
Te pedí que este jardín fuera un edén para mi compromiso, no un cementerio de
maleza —
Mateo sin levantar la vista y con la voz quebrada le responde — He trabajado doce
horas sin descanso, señora. He puesto mi vida en estas flores… porque sé cuánto le
gustan —
Valeria le replica — ¿Tu vida? Tu vida no vale ni el fertilizante que desperdicias. Tal
vez el problema es que te di demasiada confianza. Creíste que por una mirada podrías
aspirar a algo más que a limpiar mis botas—
Se pone el ambiente tenso alo que Mateo se pone de pie bruscamente. El suspenso
sube, sus miradas se cruzan a pocos centímetros
Valeria da un paso atrás, fingiendo asco. Tropieza deliberadamente con una maceta
de piedra y suelta un grito seco.
Valeria — ¡Agh! ¡Me has empujado! ¿Cómo te atreves? — Mateo
le responde — ¡Yo no la he tocado! ¡Usted se tropezó! —
Valeria grita hacia su casa — ¡Seguridad! ¡Llamen a la policía! ¡Este hombre se ha
vuelto loco! —
Mateo se desespera la toma por los hombres y le dice — ¡Valeria, mírame! ¡Dime la
verdad! ¿Por qué me haces esto? Sabes lo que siento… ¡Sabes que moriría por ti!—
A lo lejos se escuchan las sirenas, Valeria lo mira con un desprecio fingido que le
rompe el alma a Mateo. Ella se suelta con violencia y le da una bofetada que resuena
en todo el jardín.
El cielo se ha teñido de un rojo violento. Mateo está empacando sus pocas
herramientas en una bolsa de lona, se siente derrotado. La policía parece rodear la
entrada.
Valeria aparece en el porche. Ya no tiene el ceño fruncido. Sus ojos brillan, pero esta
vez de una forma distinta. Camina hacia él.
Valeria le grita — DETENTE—
Mateo no se gira. Sigue caminando hacia la puerta de servicio.
Valeria sigue gritando —¡He dicho que te detengas, Mateo! Es una orden de tu jefa—
Él se detiene, los hombros le tiemblan. Se gira y sus ojos están llenos de lágrimas y
rabia.
Mateo no se queda callado y le dice — Ya me humilló suficiente. Llamó a la policía
por un accidente que usted inventó. ¿Qué más quiere? ¿Mi sangre?—
Valeria saca un papel del bolsillo de su vestido de seda. No es una denuncia. Es un
certificado médico y una licencia de matrimonio.
A Valeria se le quiebra la voz, ahora con dulzura y le confiesa — Quería saber si me
odiarías cuando no tuviera nada que ofrecerte más que mi peor versión. Quería saber
si tu amor sobreviviría a mi oscuridad.—
Mateo frunce el ceño, confundido. La acción se detiene. El silencio es total.
Valeria le sigue contando — La policía no viene por ti. Vienen a escoltar nuestra salida.
No quiero un jardín de rosas, Mateo… Quiero una casa llena de niños que tengan tus
ojos y mi carácter —
Valeria se acerca, le quita la bolsa de herramientas de la mano y la deja caer.
Valeria sigue hablando — No quiero un jardinero. Quiero un esposo. ¿Vas a seguir
enojado o vas a darme el hijo que tanto he soñado desde que te vi plantar la primera
semilla en mi corazón? —
Mateo procesa el impacto. La levanta en vilo, dándole una vuelta rápida mientras le
dice — Estás loca, Valeria… completamente loca. Pero soy el único capaz de
aguantarte. —
Se besan apasionadamente mientras el sol se oculta.
