
Cae la tarde, el zoologico está cerrando, y un niño se lanza al espacio en donde se encuentra un tigre, la mamá se da cuenta y empieza a gritar para poder recuperar a su hijo, pero el niño va emocionado hacia el tigre, ya que este fue rescatado por el abuelo del niño, y desde las sombras, dos esferas de ámbar se encienden. El tigre SHER emerge. Sus patas, del tamaño de platos, no hacen ruido sobre la piedra. El tigre se tensa, mostrando los colmillos.
Leo con su voz temblorosa saluda a el tigre — Hola Sher, ¿Te acuerdas de mí? bueno, de mi no…. yo no había nacido cuando te trajeron, pero seguramente te debes de acordar de él —
Sher ruge, pero no es un rugido de película, es un trueno gatural que hace que Leo caiga de nalgas al suelo, el niño retrocede, pero su espalda choca contra el muro de concreto. Leo no tiene salida. Su mamá asustada llama a seguridad para que puedan rescatar a Leo.
Leo asustado trata de calmar a el tigre diciendole — Ya va esperate, huele esto— el niño extiende su mano con un pañuelo, el tigre que ya está a punto de dar el salto final, se contrae como resorte cuando huele el pañuelo.
Leo temblando y con los ojos casi cerrandolos le vuelve hablar a el tigre — Huele a tabaco de pipa y a colonia de pino. Huele al hombre que te curó la pata cuando los demás querían convertirte en alfombra. ¡Huele, maldito gato gigante! —
El tigre se detiene a escasos centímetros de la mano de Leo. El aliento caliente del animal empaña el aire frío. Sher olfatea. Primero, con desconfianza, mostrando las encías.
El tiempo se siente como que si se congelara.
De repente, la oreja del tigre se mueve. Sus pupilas, antes dilatadas por el instinto de caza, se contraen. El animal emite un sonido extraño: un “chuff”, el saludo amistoso de los grandes felinos.
Sher apoya su enorme cabeza en el hombro de Leo, derribándolo suavemente. El tigre empieza a lamer el pañuelo… y luego la cara de Leo con una lengua tan áspera que parece lija.
Leo con sus ojos rojos soltando lágrimas y muerto de miedo le dice a el tigre — ¡Ay! ¡Puaj! ¡Sher!, para! ¡Tu aliento huele a carne cruda y a decisiones cuestionables! —
De repente, una linterna ilumina la escena desde arriba, llegaron los cuidadores del zoologico junto con la mamá de Leo, alterada, llorando como no tienes idea, creyendo lo peor, que su hijo lo mató el tigre.
El guardia grita — ¿Leo estas bien? ¿Qué haces ahí? ¿Eres un niño suicida? —
La mamá de Leo les grita a los cuidadores de el tigre que recuperen a su hijo, después le grita a Leo preguntandole si está bien. A lo que el niño le responde que está muy bien, que no se preocupe.
Leo mira a Sher y Sher mira a Leo con una expresión de “estamos en problemas”.
Leo le dice a Sher que lo ayude a subir para que no se preocupen por ellos.
El tigre, en un movimiento casi cómico, intenta montar a Leo encima de él para subirlo, pero termina aplastándolo ligeramente contra la paja.
Leo le dice — Dije subirme, no asfixiarme, gran tonto. —
Leo se pone de pie y acaricia la oreja cortada de Sultán. El tigre ronronea, un sonido que parece un motor de camión viejo, y Leo le dice — Lo sabías, siempre lo supiste—
El guardia estaba guindandose para poder aguantar al niño y darselo a su madre sano y salvo.
Leo sabía que no podría salir como entró, así que empezó a caminar hacia una puerta, pero se detiene al ver algo en el rincón más oscuro de la cueva del tigre: una vieja medalla militar que perteneció a su abuelo, la cual se creía perdida hace años. Sher la ha estado guardando bajo su lecho.
Leo la recoge, y sonríe con una mezcla de triunfo y misterio, salió por esa puerta que usan para poder pasarle la comida a el tigre Sher, y su mamá lo abraza con muchas emociones a flote, pero con la felicidad de que su hijo salió vivo de esa pequeña misión
